TURISMO

CIUDAD VALLES Y LA HUASTECA
Julián Díaz Hernández

Ya hemos acompañado el hermoso andar del río “Gallinas”, en su último tramo, antes de formar la Cascada de Tamul y de fusionarse con el “Santa María” para dar vida al “Tampaón”. Hay tanta humedad como belleza en el lugar, y el ruido de la selva se mezcla con el de las herramientas en preparación para una aventura inigualable: Descender en rapel a un costado del gigante y dejarse salpicar por su aliento.

   Por momentos, solo instantes pequeños, hay una duda que cruza por la mente ¿qué estoy haciendo aquí?, pero allá abajo (a casi un centenar de metros de distancia) la corriente azul que serpentea entre las rocas parece devolverte la respuesta: “Ven, acá te espero”. Mientras los especialistas –contratados kilómetros antes en el ejido “El naranjito”- hacen su trabajo de anclaje y amarres para garantizar una experiencia sin riesgos.

   Cuando quedas de espaldas hacia el vacío y sientes el tirón de la cuerda que rodea a tu cuerpo, sabes que literalmente tu vida pende de un hilo, pero entonces la bruma te vuelve a acariciar con su fresca suavidad y te envuelve hasta casi hipnotizarte; se ahuyenta cualquier miedo, motiva tu adrenalina y despierta la concentración, para que sigas las recomendaciones del guía al pie de la letra a fin de evitar cualquier accidente.

   Hay quienes prefieren usar ropa corta por comodidad, pero el grosor de la mezclilla en prendas largas nunca estará de más, pues te reduce la intensidad de los raspones en caso de que la inexperiencia lleve a inesperados encuentros contra las paredes de roca; de cualquier forma acabarás empapado, ya sea por el sudor del esfuerzo o por la brisa constante de la cascada que te acompañará en cada metro que bajas, seducido por un mosaico de colores naturales:

   Comienzas en el café oscuro de las piedras, continúas por el verde de la vegetación adherida a las rocas, de repente quedas colgando por completo en el vacío, y terminas en el café claro del suelo donde la firmeza te devuelve la tranquilidad, pero sobre todo: La satisfacción de la hazaña cumplida. Entonces te tomas otro respiro para secar un poco la humedad en el rostro, y terminar de admirar la tonalidad turquesa del “Santa María” frente a ti.

   Miras hacia arriba –esquivando un poco la luminosidad del sol brillante que deslumbra- y dimensionas toda la altura; con ello valoras también tu intrepidez e inhalando aire te hinchas de orgullo, listo para comenzar el retorno, menos temerario, por las escalerillas rústicas. No es tiempo todavía de confiarte por completo, pues en el sitio aún queda el lodo excesivo que te puede regalar un buen resbalón de despedida, con caída incluida en el mismo costo del servicio.

   Ya en la parte seca, antes del ascenso del regreso, te detienes en la suavidad de la arena, te das un nuevo respiro, te tomas fotos –muchas fotos- e inmortalizas por última vez la cascada en tu cámara desde la parte de abajo, en tanto admiras la belleza de Tamul en toda su elevación de sus 105 metros que le dan una incomparable majestuosidad. Es ahí, cuando te repites una vez más para tus adentros: “Lo hice (y seguramente lo haría de nuevo)”.

   

   

      

 

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