TURISMO

CIUDAD VALLES Y LA HUASTECA
Julián Díaz Hernández

 * Senderismo hacia la parte alta de la cascada sin agua.

Ya nos hemos acostumbrado a mirar “El salto” sin agua la mayor parte del año, y –con ello- a valorar la singularidad de sus pozas apacibles, de aguas límpidas y profundas; pero el lugar aún tiene más por ofrecernos, basta con remontarse unos metros hacia el interior del bosque, para comenzar a embelesarse con la fascinación del senderismo, que al cabo de una hora (aproximadamente) nos pondrá frente a una perspectiva privilegiada.

ESFORZADO ASCENSO AL MIRADOR

Claro que la andanza conlleva su propio desafío a la condición física, porque la mayor parte es en ascenso constante, entre veredas donde en ocasiones hay que hacer el camino propio: Así sea por encima de ramas espinosas, asido de las salientes de las rocas, o valiéndose de algunos bejucos para no resbalar por la humedad, la gravilla o la hojarasca. Las escalas para el descanso tendrán su propia dotación de contemplación.

   A los quince minutos hacemos nuestra primera parada: Desde una peña, se ha adecuado un precario mirador, al que puede accederse, pero siempre extremando todas las precauciones necesarias –tomando en cuenta que estamos a unos cincuenta metros de altura- para hacer nuestra primera observación de la gran pared de “El salto”, que en condiciones de abundancia de agua será una majestuosa cascada de setenta metros. 

   La vemos allá,  todavía a lo lejos, y como señal de que nos queda un esforzado tramo; así que continuamos. En el andar podremos distinguir la flora característica de la región, pero también nos sorprenderemos por otra que es más específica de la Sierra de Tanchipa, como los soyates y la palmilla, además de la Bdallophytum Americanum, una rara planta parásita de color morado y flores amarillentas, que a primera vista parece un hongo, pero en realidad se alimenta de las raíces de los árboles. 

LAS POZAS: RECOMPENSA INTERMEDIA

Caín y Rodolfo, nuestros guías, permanecen atentos al rumbo que seguimos, para no extraviarnos entre tanta brecha que puede llevarnos a cualquier parte; de repente se escabullen ágiles entre la vegetación y tratamos de seguirles el paso. Nos detenemos de cuando en cuando, pero la mejor pausa es media hora después, en un pequeño paraje sombreado por enormes sauces y sabinos cargados de heno, y en cuyo pie, dos enormes pozas frescas y cristalinas invitan a un alto de frescura.

   El área es una especie de vertedero que viene desde la hidroeléctrica contigua, por eso la humedad abunda y obliga a caminar con más cuidado, para evitar un deslizamiento desafortunado. El sitio es tan hermoso y tranquilo, que pese a tener nuestro propósito de la expedición a menos de quince minutos, fácilmente podríamos quedarnos aquí, zambullidos, disfrutando el resto del día nuestra etiqueta de exclusividad; sin gente en muchos metros a la redonda, y solo arrullados por los cantos de grillos y cigarras.

   En ese ecosistema, sus habitantes se abren paso a fuerza del instinto y con el poder de la evolución: Podemos mirar en los troncos de algunos árboles, pequeñas formaciones a manera de montículos de barro, que en realidad corresponden a diminutos túneles en cuyo interior, colonias de hormigas van de un lugar a otro, sin el riesgo de estar expuestas a depredadores, mientras ejecutan su trajín diario de búsqueda y transporte de alimento.

   La naturaleza nos da su ejemplo de adaptación, así que en el último tramo que se vuelve más estrecho, esforzado y peligroso, no podemos desistir, y tras el empeño aplicado podemos sentir la brisa en el rostro como una bienvenida triunfal: Es el viento que nos recibe allá en lo alto, a casi ochenta metros, en la cumbre de “El salto”; y una panorámica incomparable se ofrece frente a nuestros ojos para maravillarnos sin medida.

PANORAMA EN LO ALTO

La docena de pozas azules, de diferentes tamaños y profundidades, forman bajo nuestros pies un panorama espectacular, divididas por contornos café claro, que son pequeñas barreras rocosas sirviendo de camino entre cada laguna; al margen, las cordilleras verdes de los árboles, y arriba de todos, un fulgurante sol de mediodía que permite solazarnos con las diversas tonalidades. Descansar en medio de la admiración a ese nivel, termina por hacernos sentir superiores.

   El lapsus de egolatría termina pronto: Un halcón peregrino nos demuestra enseguida quien es el amo del terreno, sobrevolando de un rumbo a otro con sus agudos chillidos frente a nosotros, ampliando sus alas para presumirnos lo que él puede hacer y nosotros no; luego planea, y con una maestría sobresaliente se posa en una pared cercana, donde un polluelo lo recibe con la alegría que representa la hora de la comida. Su peculiar forma de vida en la cima de la montaña nos vuelve a la realidad.

   Admitimos nuestra humana necesidad de retornar caminando, y reemprendemos el andar, que comienza a volverse más dificultoso por las pendientes pronunciadas; en varios casos las lianas nos sacan del apuro inmediato. Media hora después estamos en el punto de partida, visualizando –desde abajo- la cúspide alcanzada, allá donde en tiempos de corriente fluvial abundante, una segunda cascada más pequeña se forma poco antes de convertirse en el gran salto, y la cual solo algunos avezados conocen. 

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