TURISMO

CIUDAD VALLES Y LA HUASTECA
Julián Díaz Hernández

Las aves han tomado su rumbo hacia el oriente, tras el bullicio ensordecer de su salida, los decibeles bajan; los espectadores regresan, mientras el tintineo de los metales entre arneses y cuerdas, anticipa la preparación de un descenso en rapel hacia el interior del “Sótano de las Golondrinas” (cuando la fase de anidación lo permite). Tendrán solamente unas cuantas horas para la aventura, hasta el retorno de los vencejos de cuello blanco.

   El sol se pone luego en todo lo alto, y al paso de las horas inicia su descenso en el poniente, detrás de las montañas del municipio de Aquismón que forman parte de la Sierra Madre Oriental; cuando el astro rey empieza a bajar su intensidad y algunas sombras van cubriendo a “Barrio Golondrinas” y “Unión de Guadalupe”, el escenario que representan los miradores frente a la enorme boca de sesenta metros de diámetro, recibe a los primeros espectadores.

   Al igual que en el espectáculo del amanecer, es menester llegar puntuales para que el arribo de las bandadas no nos gane y poder presenciarlo la mayor parte del tiempo. Por el este comienzan a notarse los diminutos puntos negros en movimiento, acercándose hacia nosotros, grupos pequeños que se aglomeran al paso de los minutos, hasta que –encima de nuestras cabezas- forman una enorme mancha negra que se dispersa, preparándose para entrar.

   Los vencejos hacen entonces un ritual que pareciera significar un aviso, tras su último vuelo en círculos emiten un chillido sumamente agudo, como una especie de señal, y de inmediato se precipitan en picada, a más de cien kilómetros por hora, uno enseguida de otro, generando zumbidos constantes, y entonces figurillas grisáceas pasan en cuestión de segundos apenas unos metros frente a los rostros humanos que los miran extasiados.

   Las recomendaciones de los encargados del sitio siempre destacan la prohibición del uso de los flashes de las cámaras, e incluso la restricción de colores fluorescentes en las ropas; la razón es evitar alguna confusión en el momento en que las avecillas se dejan ir hacia abajo, pues sería lamentable que tomaran alguna dirección equivocada, y que esos proyectiles animales se estamparan a elevada velocidad sobre algún humano.

   El descenso puede tomar media hora, sesenta minutos e incluso más tiempo; hay quienes se anticipan a regresar, para que la penumbra no los alcance en el ascenso por los 580 escalones, o evitando que el retorno ya sobre la carretera sea en medio de la neblina. Otras personas se lo toman con calma, embelesándose también con el ingrediente llamativo de las verdes “quilas” (cotorras) revoloteando escandalosamente.

   La alternativa vespertina permite así que la magnificencia del “Sótano de las Golondrinas” no quede reservada solamente a los madrugadores que disfrutaron la partida, porque la vuelta a casa de las parvadas también tiene su dosis de belleza en esta oquedad de más de medio kilómetro de profundidad, y en cuyo interior, todo un ecosistema regresa a la normalidad conforme cae la noche y la gente se aleja.

   Hay quienes suelen preguntar cuál de los dos momentos es más bonito; la verdad es que la respuesta se vuelve difícil de encontrar, porque cada uno tiene su propia dosis de espectacularidad. Así que para no ser presas de la indecisión, bien vale la pena recomendar que eliminen el dilema, acudiendo –en la medida que les sea posible- a ambos periodos, y se sacien de la fastuosidad que representa esta maravilla natural.

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