PERIODISMO

CIUDAD VALLES Y LA HUASTECA
Julián Díaz Hernández

Cuando niños recordamos que en las escuelas la víspera del Día del Ejército se solicitaba un artículo de consumo básico para conformar despensas que se donaban cada 19 de febrero a los militares, que -como decían los discursos, poemas y loas que se pronunciaban en los homenajes alusivos- “estaban dispuestos a ofrendar su vida por salvaguardar la seguridad de la nación y de los mexicanos”. 

   Por eso los veíamos como héroes, casi comparables al Batman o al Superman a los que admirábamos a través de las caricaturas de los comics o la televisión. Pero con el paso de los años, al tiempo que se diluía la infantil ingenuidad y crecía la incidencia de escándalos en que hombres de esa institución se veían inmiscuidos, parecía como si la venda fuera cayendo de los ojos; entonces paulatinamente sufrió un cambio aquel concepto que rayaba en lo inmaculado.

DÍA DEL SOLDADO

La conmemoración a los militares data desde la época del Imperio y precisamente a raíz del heroísmo de un potosino: El 27 de abril de 1867 durante el sitio de Querétaro, una granada de las fuerzas imperialistas –que atacaban duramente a los republicanos- estalló frente al soldado de guardia Damián Carmona, despojándolo de su fusil. Consciente él de su responsabilidad permaneció en su puesto, limitándose a informar a su superior: 

   “Cabo de turno, estoy desarmado”; gesto de valentía que sirvió para que durante muchos años se escogiera el 27 de abril como el “Día del Soldado” y –que en Valles- su nombre se colocara a escuelas, colonias y hasta a un ejido. No obstante, el 19 de febrero de 1913 al iniciarse  la organización de las fuerzas constitucionalistas con las que Venustiano Carranza hizo frente a Huerta, se escogió esta fecha para conmemorar ya no al hombre sino a toda la institución.

LA HUASTECA, VIGILADA

Siempre hubo en la huasteca guarniciones que estaban al servicio del gobierno ya sea de la corona española, imperialista o republicano, se sabe incluso que en 1810 cuando el movimiento de independencia, las escaramuzas insurgentes no llegaron hasta Valles porque las fuerzas realistas asentadas aquí no permitieron ningún movimiento a los rebeldes; era el comandante de ellas fray Pedro Alcántara Villaverde, quien con sus compañías persiguió a insurgentes de los alrededores.

   Un siglo después, en agosto de 1910, con motivo de la campaña electoral maderista empezó la inquietud revolucionaria en la región, y dos años después Rafael Curiel se levantó en armas cerca de Valles. En mayo de 1913 fuerzas revolucionarias al mando de Manuel Lárraga y Nicolás Zarazúa atacaron la ciudad, defendida por una fuerza federal de menos de 20 hombres del XXXIII Regimiento, quienes se rindieron por falta de  parque, dejando el camino a la  posesión rebelde.

   Pero el 12 de abril de 1914 cuando se libró una de las más fieras batallas y donde el ejército federal sacó la peor parte, dejando a Valles en poder de las fuerzas revolucionarias, la guarnición huyó y logró escapar. El destacamento federal juchiteco se defendió bravamente en la estación y aunque el general federal Alberto T. Rasgado mandó un refuerzo desde Cárdenas, jamás llegaron porque el tren en que venía fue volado por el mayor Carlos Aguirre.

   Todavía el 17 de junio de ese mismo año, Ciudad Valles y la mayor parte de la región de la Huasteca Potosina estaban en poder de las fuerzas revolucionaras villistas al mando de Tomás Urbina, pero al perder éstos en la cruenta y prolongada Batalla del Ébano en junio de 1915 (famosa por utilizarse en ella por primera vez los aeroplanos), Valles quedó en manos de los carrancistas.

ASENTAMIENTO Y APOYOS

En nuestra zona de la huasteca potosina el Ejército se estableció formalmente a través del Quinto Regimiento de Caballería, que con su primer comandante Renato Vega Amador, se ubicó por el rumbo de la colonia Santa Rosa en el año de 1963, para posteriormente pasar a un terreno que les donaron donde se localiza en la actualidad, en la salida a Tampico (ahora convertida en el bulevar Universidad).

   Con el paso de los años y a la falta de contiendas civiles, los soldados desquitaban su remuneración con acciones de tipo social, y así los veíamos por ejidos y poblados huastecos reparando escuelas, pintando árboles, apoyando en la vacunación, repartiendo libros, entre otras labores. ¿Cómo olvidar –por ejemplo- aquella reconstrucción que en mayo  de 1995 hicieron de “Santa Elena” (Tanlajás) cuando fue arrasado por un incendio?

   “Primero les atendimos en la alimentación, luego proporcionarles en un momento dado, también de alguna forma o de otra despensas, colchonetas, cobertores, que tenemos ahí en el regimiento para este tipo de necesidades, y posteriormente coadyuvamos con ellos en la construcción; los organizamos y les proporcionamos mano de obra especializada”: Eran los tiempos de Noé Sandoval Alcázar como comandante.

   El jefe militar a bordo de su (vehículo) Jeep y con varios de sus colaboradores recorrió días enteros la comarca, y de entre las cenizas levantaron el sitio caído. Luego permanecieron acampados varias semanas en el lugar, devolviendo la vivienda a cientos de damnificados por un desastre forestal que se salió de control, pero sobre todo la alegría y la certidumbre de su preciada posesión.

   “Y estos son los resultados, una telesecundaria nueva, un salón nuevo allá en la Primaria, y un kínder nuevo, que a pesar de la desgracia que ellos tuvieron en parte creo que resultaron beneficiados con este tipo de obras, aunque en sus casas perdieron todo, pero también se les dio por parte de las diferentes comunidades, de la Cruz Roja, y del Gobierno del Estado”, reseñaría Sandoval Alcázar.

ABUSOS Y DESENMASCARAMIENTO

Antes de Sandoval, la huella que dejaron otros responsables del Quinto Regimiento de Caballería no es precisamente la más honorable: Abusos, impunidad, y hasta caciquismo disfrazado que convirtió a varios jefes en terratenientes protegidos por el mito verde olivo. Las visitas de los presidentes de la república a la zona eran pretexto ideal para los militares, para reprender a la sociedad civil Máuser en mano, con insultos, culatazos por el rostro o patadas en las costillas. 

   Y mientras el misticismo del Ejército en nuestro país empezaba a diluirse por sus propios yerros y arbitrariedades, el tampiqueño Rafael Sebastián Guillén Vicente enfundado en su folclórica y excéntrica personalidad del “Subcomandante Marcos”, acabó por descorrer el velo y tambalearlos de su pedestal, poniendo el “dedo en la llaga”, y trastocando la invulnerabilidad que entonces podía presumirse.

   Junto a un puñado de autonombrados “zapatistas de Liberación Nacional”, hizo que a partir del 1 de enero de 1994 los ojos del mundo –o de casi todo- se posaran en Chiapas. Y sucedieron en cadena el resto de los hechos: El general Rebollo envuelto en líos y acuerdos entre narcotraficantes, rebeliones internas entre militares, y la inocultable realidad de la prepotencia, que continúa hasta nuestros días.

UNA PERIODISTA MUERE

La huasteca potosina no quedó exenta de tales escándalos: El 14 de marzo de 1995 la reportera de prensa escrita Irma Elizabeth Ramírez Roldán –a quien se le vinculaba sentimentalmente con un alto jerarca militar de apellido Díaz- murió tras sufrir misterioso accidente del que se acallaron las investigaciones porque supuestamente el percance sucedió dentro de las instalaciones del cuartel en Ciudad Valles. 

   Amigos cercanos y familiares de la corresponsal del periódico “El Mañana” (en los municipios de Ébano y Tamuín) aseguraron que la joven cayó de un Jeep del ejército mexicano; un golpe en el cráneo la tuvo en estado de coma varios días internada en Tampico (de donde era originaria), hasta que falleció. El medio para el que trabajaba –misteriosamente- no realizó ningún tipo de indagación.

GUERRILLA Y MUTISMO

 

 El conflicto en el sureste y la aparición del Ejército Popular Revolucionario (EPR) en el estado de Guerrero (en junio de 1996), trajo aparejada una sorpresiva militarización de la huasteca potosina y el despliegue, en julio, de 900 elementos de la XII Zona Militar en las áreas rurales, al tiempo que se destacaba la peligrosidad en los límites de San Luis Potosí con las entidades de Hidalgo y Veracruz.

   En octubre de 1996 el rumor de que el ejido “San Pedro de las Anonas” al pie de la sierra de Aquismón, se había convertido en reducto de grupos rebeldes, hizo subir a decenas de soldados a lo alto de la montaña, en donde –según versiones que el entonces alcalde Efraín Rodríguez Gallegos dio a periódicos estatales- se desmanteló un campo de entrenamiento clandestino que ahí existía.

   De ello mismo también se enteró la líder de la Central Campesina Independiente (CCI), Celina Martínez Godínez (quien posteriormente fuera diputada local y falleciera el 13 de junio de 1999 en un accidente automovilístico): “El Ejército rodeó la sierra de Hidalgo, Veracruz y San Potosí (las tres huastecas), según con el fin de localizar grupos de guerrilleros del Ejército Popular Revolucionario”. 

   En la comunidad –que paradójicamente el 27 de enero de 1998 sería visitada por el presidente Ernesto Zedillo- autoridades y pobladores se contradecían; los primeros negaban la presencia militar, otros la admitían con ciertas reservas, y algunos de plano se negaban a hablar de ello por temor. ¿A qué o a quién? Nunca lo dijeron; lo cierto fue que hasta el propio jefe de la XII Zona Militar –en aquel entonces- Raúl Sánchez Orozco, llegó a “San Pedro de las Anonas”.

   Alfonso Mauricio Martínez, juez auxiliar por aquellos años confirmó en su oportunidad el constante paso de agentes de Protección Social (hoy Policía Estatal) y del Ejército por ese lugar: “Ya van como 22 días que están aquí los de la seguridad”.

- ¿Hasta dónde suben?

- “Pues van hasta de aquel lado de la sierra”

- ¿Algunos ejidos en especial?

- “Creo que están en Tampemoche también y creo que hasta en La Morena, ya han estado los soldados, más allá no sé, no sabría decirle; yo por mi parte como trabajo aquí en la sierra, pues allá los veo, allá de aquel lado, y hacen preguntas, preguntas siempre del grupo armado”. 

   El asunto de los supuestos guerrilleros fue algo que despertó temor entre los lugareños aunque estos trataron de negarlo: El comisariado Pablo González se limitó a mencionar que la presencia de policías y soldados les daba mayor seguridad y tendía a reducir el índice delictivo:

  -“No debiendo uno nada, no se teme por nada...”.

   - ¿Qué es lo que ellos hacen aquí? ¿Hasta dónde suben?, preguntó este reportero.

   - “Bueno, el Ejército va hasta la sierra”.

   - Se habla de la existencia de un grupo armado ¿sabe usted si esto es cierto?, se le insistió.

   - “No, de eso sí no te puedo decir nada”.

   - ¿No sabe usted, o hay algún temor de hablar al respecto?

   - “La verdad... sí”; admitió finalmente.

 

     Internados en la montaña por entre caminos donde las rocas y la pronunciada pendiente dificultan el ascenso, indígenas que bajaban de la sierra con costales de maíz y leña en las espaldas, nos hablaban de la penetración de los militares y de sobrevuelo de helicópteros; otros preferían no comentar de eso, aunque la mayoría iban resignándose a quedar inmersos en la circunferencia territorial donde el rumor y la proliferación de soldados, eran una realidad. 

DENUNCIA DE ATROPELLOS

La presencia militar en ese lugar trajo repercusiones: El 11 de noviembre de 1996, la radiodifusora XEIR difundió un reportaje sobre una carta que se envió al presidente Zedillo. Con firmas muy similares y sin nombres, avalada por solicitantes de tierra del Nuevo Centro de Población “La Laguna”, y por vecinos y autoridades de los ejidos “San Pedro de las Anonas”, “Santa Anita” y “Rancho Nuevo” (Aquismón), denunciaban arbitrariedades de elementos del Quinto Regimiento.

     En el escrito, del cual se enviaron copias al gobierno estatal, a la Secretaría de la Defensa, y a Amnistía Internacional (entre otros organismos), se quejaban de la represión de los militares y exigían al Ejecutivo el retiro inmediato de los elementos. Entrevistado al respecto, el comandante Noé Sandoval Alcázar, dijo: “Decidimos que debíamos realizar reconocimientos en la sierra de las Anonas, y esas actividades las venimos realizando desde el 31 de octubre (de 1996)”.

   Luego de informar que en la mencionada revisión no se habían encontrado armas o plantíos ni tampoco detenido a nadie de la población civil, desmintió la existencia de retenes que dificultaran el libre tránsito de los habitantes de la sierra aquismonense, tal y como señalaba la queja: “El personal militar está estacionado fuera de las poblaciones, alejado, para evitar cualquier incidente, fricción o malos entendidos”.

    En el comunicado se especificaban agresiones de soldados a dos campesinos, uno de los cuales –según el escrito- estaría internado en el Hospital General de Valles: “Una información totalmente falsa que en el mismo hospital se las pudieron haber corroborado, hablan ahí (en el documento) de una persona de nombre Santos Isidro, pero (en el nosocomio) nunca recibieron a ninguna persona con ese nombre y menos con esas características”, respondió Sandoval Alcázar.

   - ¿Creé usted que la proliferación de este comunicado surja directamente de algún grupo político, concretamente del Movimiento Huasteco Democrático?, se le preguntó.

   - “Lo desconozco”.

   - ¿A qué creé que obedezca entonces este rumor?, se le insistió.

   - “A intereses que los desconozco, no tengo conocimiento de alguien interesado en generar este tipo de información que únicamente trae como consecuencia una confusión entre la población”.

   El coronel insistió que ante esa tranquilidad la labor del Ejército estaba centrada en causar una buena impresión a la comunidad, sobre todo con las actividades de tipo social que desarrollaban en varios ejidos enclavados en la serranía de la huasteca potosina.

   Las denuncias sobre presuntos atropellos siguieron aún más allá del cambio de mandos militares: El 12 de abril de 1998, elementos del 45 Batallón de Infantería detuvieron en un retén de Cómoca (Axtla) a los apicultores Javier Copado, Luz María Saldaña y a la menor Miriam Sánchez, por simpatizar con el Frente Zapatista de Liberación Nacional. 

   Al tiempo que en el más completo hermetismo eran llevados ante el Ministerio Público Federal, la dirigencia estatal del PRD –en voz de su presidente Víctor Ramírez de Santiago- salió en defensa y exigió una indemnización porque los militares habían provocado que se les echara a perder su cosecha de miel de abeja: “Valuada en más de 10 mil pesos, y que la autoridad indolentemente la tiene estacionada fuera de la Procuraduría, con un retén militar afuera de la PGR”.

   Dos días después de la aprehensión, los apicultores (quienes dijeron residir en Querétaro) fueron puestos en libertad al no demostrárseles culpabilidad alguna; afirmaron no tener nexos con algún  grupo rebelde y denunciaron tortura psicológica por parte del Ejército y de la Policía Judicial Federal.

¿VIOLACIONES EN TANLAJÁS?

Pero quizás la historia más polémica se escribió en el municipio de Tanlajás, donde –de acuerdo a un reportaje de la revista Lux Crónica- soldados violaban a indígenas, aprovechando su destacamento en aquel lugar. 

   El trabajo periodístico de la autoría de Pablo Hernández Contreras publicado en el número 98 con fecha 17 de marzo de 1997, le costó una demanda federal por difamación ante la Procuraduría General de la República, al reportero y al director del medio, Alfonso Cruz Sahagún, quien a raíz de esa experiencia cambió –como muchos otros ciudadanos- su concepto respecto al Ejército:

 

   “Te han enseñado que el Ejército es algo digno, que está para defender a los ciudadanos (pero) la verdad es que cuando llegan a comunidades como Tanlajás, cuando a nosotros nos tocó reportearlo, hubo grandes desmanes.”

   “Nosotros hicimos una publicación, pero nos quedamos cortos en lo que publicamos, después supimos, pasado el tiempo, entre los habitantes de las comunidades que la mayor parte del tiempo se la pasaban haciendo desórdenes y en estado de ebriedad disparaban pistolas al aire, que las muchachas que caminaban por la calle también sufrían los abusos porque no solo eran piropos sencillos sino que las manoseaban, y ese tipo de cosas que entre la gente deforma la idea que se tiene del Ejército”.

   Aquella denuncia pareció empolvarse en los archivos de la oficina de la PGR en Valles, hasta que sorpresivamente el 15 de marzo de 2000, varios sujetos irrumpieron en el consultorio del doctor Cruz Sahagún (ubicado en el Fraccionamiento “Valle Alto”) y tras montar un teatro para confundir al director de “Lux Crónica”, lo subieron a una camioneta Suburban para trasladarlo a los separos de la Policía Judicial Federal. 

   El galeno señaló a sus captores como “madrinas” de la corporación, y luego de ser liberado, el 22 de marzo los acusó penalmente de allanamiento y abuso de autoridad, mientras que gente de Tanlajás se manifestaba a su favor con la boca tapada (simulando el amordazamiento a la libertad de expresión).

   La reactivación de la averiguación estuvo enturbiada por el misterio, pues para ese entonces los términos de ratificación habían fenecido, y la institución demandante –el Quinto Regimiento de Caballería- hacía tres años que se encontraba en su nuevo destino: Tlaxcala. Para Alfonso Cruz aquel cambio por el 45 Batallón de Infantería (en mayo de 1997) tuvo sus ventajas, pero todavía existía un gran trecho para llegar a un punto óptimo:

  “Independientemente de que los cambios son buenos, al llegar el 45 Batallón de Infantería, e irse el V Batallón de Caballería, ya no tuvimos tantas noticias de abusos por parte del Ejército, aunque si hubo algunos detalles – y el médico denuncia- yo me acuerdo del caso de un matrimonio (de una maestra de nombre Ludivina y su esposo que era un taxista) que chocaron de frente con unos soldados que venían en estado de ebriedad, rebasando, dejaron destrozadas a las personas y al vehículo, y ahí el comandante de su Batallón los ayudó a que se escaparan, fue arbitrariamente, abusando de su jerarquía, a sacarlos a la brava de la cárcel, los tuvo acuartelados y luego los indujo a que se escaparan, para después declararlos desertores. Sí mejoró pero hubo muchos otros detalles que de todos modos ponen en entredicho la imagen de la milicia”.

     ADIÓS AL “QUINTO”

El 19 de abril de 1997, como en los tiempos de desfile, la gente de Ciudad Valles respondió a la convocatoria; pero esta vez no iban a presenciar contingentes de estudiantes ni tablas gimnásticas, se trataba de algo distinto, único y emotivo. De forma similar a un 16 de septiembre o al “Día de la Revolución”, los elementos del Quinto Regimiento de Caballería Motorizado efectuaron el recorrido por las principales arterias de la ciudad: El último, el de la despedida.

   En las banquetas del bulevar y la avenida “Hidalgo”, más aún en la plaza principal y sus alrededores, el pueblo se concentró en grandes cantidades para decirles adiós a ellos, que por más de tres décadas permanecieron en la región para salvaguardar la seguridad de sus habitantes, apoyar en arreglos de espacios educativos, fomentar la reforestación, y ayudar en casos de desastres. 

   Armas en mano o a bordo de vehículos, medio millar de soldados tiñó de verde olivo el centro de Valles; y en el jardín el Ayuntamiento encabezó el adiós, al que se sumaron empresarios, maestros, corporaciones policiacas y alcaldes de la región. 

  “Esta manifestación (…) nos compromete a continuar trabajando con imaginación, con entusiasmo y con voluntad, en beneficio de la población en general; vocación que tienen las fuerzas armadas porque el Ejército es un ejército del pueblo y para el pueblo, porque de él se nutre y obtiene su esencia, encontrando en esa convicción el orgullo que nos da el formar parte de una organización perfectamente estructurada y con una mística de servicio”, dijo Noé Sandoval.

   Después de la ceremonia, de discursos y reconocimientos, “Las golondrinas” provocaron el brote de lágrimas, que en sus ojos, los militares habían detenido por varias horas; luego –entre abrazos y saludos- se rompieron filas.

   Sandoval Alcázar, el coronel a quien correspondió la comandancia del Quinto Regimiento en su última etapa en Valles, descendió del estrado entre elogios y aplausos, vestido con uniforme de campaña, al igual que toda la tropa. Abajo –mientras la multitud se dispersaba- los fotógrafos agotaron sus películas al tomar placas del jefe militar con profesores, periodistas, obreros, señoras, niños, y ciudadanos, que le desearon suerte.

   En una orilla –apartado- el humilde y popular “Indio Facundo”, con su inseparable flauta y su ronco tambor, le improvisó unos versos. Sandoval Alcázar antes de retirarse se acercó a él, le dio las gracias y un fuerte apretón de manos, en un gesto fraternal que arrancó aplausos de algunos asistentes que aún se resguardaban del sol en la planta baja de la presidencia; el coronel respondió saludando a todos con la mano en alto.

   Luego se alejó acompañado de dos oficiales, para subir a un vehículo militar, y partir el 20 de abril hacia su nuevo destino en Tlaxcala. Actualmente, el militar de 67 años, oriundo del estado de Jalisco, se ha destacado en su lucha contra el narcotráfico, fue condecorado con la medalla el mérito “General Mariano Escobedo”, y en diciembre de 2014 lo nombraron Subsecretario de la Defensa Nacional.

 SILENCIO A COMUNICADORES

 A la partida de este grupo, en mayo de 1997 arribó a Valles proveniente de Monterrey, Nuevo León, el 45 Batallón de Infantería, que apenas a unos días de su llegada se vio envuelto en enfrentamientos, cuando soldados agredieron a un joven de la colonia “Vergel” durante un baile en el Club de Leones, y también se enfrentaron a policías municipales.

   Como en otros casos, la sola participación de elementos de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) en acontecimientos de sangre intimidó de inmediato al –entonces- Director de Policía y Tránsito Municipal, Ciro Purata Velarde, quien había intervenido en los hechos, pero no para poner orden y aplicar la ley, sino para proteger a los militares y presionar al lesionado a que se abstuviera de revelar los hechos a la opinión pública.

   Pero no sucedió así y la prensa se enteró: Julián Díaz Hernández (por aquel tiempo reportero del Suplemento Enfoque del periódico El Mañana) cuestionó inquisitivamente al temperamental jefe policiaco. Purata Velarde no aguantó por un lado las órdenes de la Sedena de guardar silencio, y por el otro las insistentes preguntas del periodista, y acabó echándolo de la oficina entre empellones e insultos.

   Esto provocó el disgusto de la dirección de ese medio, y Pascual Oyarvide elevaría ante el presidente municipal (Eligio Quintanilla) su queja. Por cumplir con el Ejército, el titular de la Policía local terminaría buscando al reportero y pidiéndole disculpas personalmente por la actitud asumida horas atrás.

   Pero no han sido esas las únicas implicaciones de comunicadores en asuntos de la milicia: En 2000, Joaquín Cortés Díaz, conductor de noticias de la radiodifusora XEIR y del Canal 8-TeleValles, fue separado de ambos medios cuando en un noticiero matutino al hacer referencia a la reciente penetración de soldados de Estados Unidos en territorio mexicano, insinuó que en México la Secretaría de la Defensa Nacional estaba sujeta a las órdenes del ejército estadounidense.

 EJÉRCITO Y MHD

 Y aunque tal vez no se remita a instrucciones desde el Pentágono, lo cierto es que en la Huasteca el Ejército sí se ha reservado la participación por acciones subversivas que han trastocado la tranquilidad. El 13 de julio de 1996 cuando el Movimiento Huasteco Democrático protestaba por el supuesto homicidio (4 días antes) de un miembro de ese grupo a manos de un policía municipal, la presidencia municipal fue tomada y las labores de gobierno se interrumpieron.

   Mientras el dirigente del MHD, Said López de Olmos, exigía a punta de machete una estratosférica indemnización y el Subsecretario General de Gobierno (a la postre Procurador de Justicia) Martín Celso Zavala, se tambaleaba entre el miedo, la ineptitud y la falta de inteligencia, el alcalde Alfredo González Lárraga recibía el apoyo irrestricto de los sectores de la sociedad para proceder contra los manifestantes. 

   El edil decidió pedir la ayuda del Quinto Regimiento de Caballería para desalojar a los insurrectos, pero repentinamente la orden fue cancelada desde los altos mandos, aunque se desconoce si el aborto procedió de la propia Secretaria de la Defensa Nacional o se debió a una influencia del gobernador que más ha solapado al MHD en la historia de San Luis Potosí: El priista Horacio Sánchez Unzueta (en ese entonces, en funciones).

   Cuatro años más tarde, ya con la lista de tropelías “emehachedistas” más grande, en una primera plana de septiembre de 2000, el periódico “El Mañana” habló de un supuesto cerco militar (del 45 Batallón de Infantería) al ejido “La Ceiba” (Tamuín), cuartel general del Movimiento Huasteco Democrático. 

 LAS NUEVAS ACCIONES

La institución guardó silencio, pero la mañana del día 13, minutos después de la conclusión del homenaje a los Niños Héroes en la plaza principal, el comandante José Carlos Mateo Aguilar Arjona, fue rodeado por la prensa local, a la que declaró: “son solo rumores, no hay tal cerco... no hemos ni recibido ni ejecutado alguna orden de esa naturaleza”.

   Aguilar Arjona era el tercer comandante del 45 Batallón, que a su llegada a Valles en mayo de 1997 traía a la cabeza a Miguel Ángel Delgado, quien a su vez partió el 21 de enero de 1999 a Nayarit, y un mes después su lugar fue ocupado por Erwin José Martínez Sierra, quien por su parte dejó el puesto en enero de 2001.

   En la misma oportunidad, el jefe militar descartó la existencia de grupos guerrilleros en la región, aunque admitió que como en muchas otras zonas del país, la huasteca no había quedado exenta de ser paso de narcotraficantes.

   De esa preocupación, durante el inicio del nuevo milenio, el Ejército se dio a la tarea de montar junto a la Policía Estatal Protección Social y la Policía Ministerial, una sobrevigilancia por carreteras federales y estatales; aunque no hubo decomiso de estupefacientes, sí se incautaron armas blancas y de fuego (sobre todo en municipios del interior de nuestra región), al mismo tiempo que la instauración del –llamado- operativo “BOM” generó aprehensiones de ilegales centroamericanos de los últimos años. 

   El 19 de octubre de 2004 Maximino Reyes Hernández, quien provenía del estado de Coahuila, se convirtió en el nuevo jefe del 45 Batallón de Infantería con sede en Valles; ocuparía el lugar de Héctor Godínez Castro, quien a su vez salió con rumbo a Durango. El nuevo encargado de ésta célula de la Secretaría de la Defensa Nacional (SDN) mantendría la misma política de “no declaraciones”.

 INSEGURIDAD Y SOSIEGO 

Para 2011 el Comandante del 45 Batallón de Infantería, era el Coronel Leodegario Rojas García. Eran tiempos álgidos del combate a la delincuencia organizada, donde los elementos tenían participación constante en retenes, confrontaciones y vigilancia constante, lo que propició que algunos de ellos fuesen víctimas de manera personal o en sus familias, de represalias por parte de las bandas de malhechores.

   Por eso cuando a principios de 2012 se anunció su cambio a tierras veracruzanas, cundió la zozobra en algunos sectores de la población, que avizoraban una futura situación de vulnerabilidad por los altos niveles de inseguridad. El Secretario General de Gobierno, Cándido Ochoa Rojas, declaró que “era normal que ocurran este tipo de movimientos pues ocurren hasta en las agencias de seguridad pública”.

   En febrero de ese año, por orden del alto mando del Ejército y Fuerza Aérea Mexicana, el 45 Batallón sería sustituido por el 36 Batallón de Infantería, que dejaría de pertenecer a la XXIX Zona Militar después de 42 años y pasaría a depender de la XII Zona Militar. La permuta se haría entre los días 6 y 13, y propiciaría el arribo del grupo proveniente de Minatitlán, Veracruz, a donde a su vez sería canalizado el que se encontraba en Valles.

   Asentado en nuestra región, el nuevo batallón buscaría el acercamiento con la población a través de la participación en actividades recreativas y lúdicas, bajo el encargo del Teniente Coronel de Infantería, Diplomado de Estado Mayor, José Francisco González Hernández, incluyendo invitaciones a campamentos para conocer sus instalaciones, y participaciones destacadas en concursos de bandas de guerra.

   Desde enero de 2016, el 36 Batallón de Infantería está bajo la responsabilidad del Coronel Gorgonio Escalante Ramírez, proveniente de la Zona Militar de Coatzacoalcos, Veracruz. 

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