TURISMO

CIUDAD VALLES Y LA HUASTECA
Julián Díaz Hernández

 

Su fama creciente va en pos del rango de otros atractivos huastecos en este municipio, como los sitios arqueológicos Tamohi y Tamtoc; y no es para menos, porque “El Nacimiento” condensa un sinfín de factores que no solamente lo hacen un lugar bello, sino también interesante: A la disfrutable frescura se añade la apacibilidad de sus aguas azul turquesa y el correr de su corriente cristalina, pero además, cuevas cercanas le añaden magnificencia y también misticismo.

 

 

   El acceso adelante de la conocida “Curva del Taninul” (en el kilómetro 15 de la carretera federal 70: Valles-Tampico) nos llevará por un sendero transitable a lo largo de tres kilómetros y medio, que –de entrada- ofrece sombra abundante, y ese peculiar aroma a bosque, que en la falda de la “Sierra de Tanchipa” se combina con los infaltables sonidos de las aves en dicha zona: Los escandalosos “papanes” y las alborotadas “quilas”.  

 

 

   La exuberancia se ofrece luego como recompensa, pero es apenas el comienzo, pues hay mucho por ver y explorar; desafiar el lecho profundo (con su respectivo chaleco salvavidas) o entretenerse en las zonas bajas puede dar para minutos de esparcimiento, pero no se puede soslayar que más allá, traspasando la primera oquedad, una cavidad de altura enorme habrá de sorprendernos, como una cúpula monumental, por donde se cuelan rayos de sol que enaltecen la tonalidad de la quieta poza azulada.

 

 

   En historias de exploración especializada, sobresalen las aventuras a más de veinte metros de profundidad, esquivando el peligro mortal de raudales subterráneos, para ir en busca de endémicos peces ciegos, tan valiosos como misteriosos y escurridizos. Lo que sí puede verse, sobre todo en las horas de salida y puesta solar, son abundantes parvadas de “quilas” (pequeña especie de cotorras) que habitan en los alrededores.

 

 

   Fuera de esos escandalosos huéspedes, la tranquilidad del sitio –al que no suele llegar demasiada concurrencia- solamente es rota de vez en cuando por el paso del ferrocarril, allá arriba, por encima del puente “Río Taninul”, donde otra cueva le añade, ahora, su propia dosis de espiritualidad y hasta de leyenda: Por años se volvió una tradición ir desde Estación “Las Palmas” para cumplir con “La virgen de la cueva”, una efigie en aquel socavón entre la sierra, a la que llevaban ofrecimientos de todo tipo.

 

 

   De esta forma, la fe de los creyentes retaba al vértigo y al riesgo en el puente del tren, y les daba ánimos para subir por una añeja escalerilla de concreto, todo para cumplir con su devoción, frente a la formación pétrea a la que dieron forma de su deidad. Existe incluso el relato, que a raíz de un accidente en ese lugar, un maquinista estuvo a punto de perder la vida, y en agradecimiento cumplió “una manda” llevando hasta el sitio sagrado la figura de una locomotora en oro, que al poco tiempo fue hurtada.

 

 

   Más allá de lo intangible, lo cierto es la belleza que puede apreciarse en todo su esplendor en “El Nacimiento”, surgido de las entrañas de la “Sierra de Tanchipa”, entre las cuevas, justo debajo del paso de la mole de acero. Luego sus aguas continuarán el andar por entre la zona selvática que se atisba desde arriba, formando lagunas hermosas que lo mismo proveen de humedad a los pastizales cercanos, que sacian la sed de múltiples especies animales.

 

 

   En esa mezcla de creencias y belleza natural alejada de las multitudes, el lugar mantiene su embeleso entre verdor y cantos de pájaros, interrumpido ocasionalmente por el rugido del “monstruo de hierro”; luego, otra vez los tonos de la selva. Es la hermosura natural en medio de aquellos peñascos y vegetación, parte inicial de esa reserva de la biosfera, en el límite entre los municipios de Tamuín y Valles, pero abierta al mundo entero que quiera saciarse de naturaleza. 

 

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