PERIODISMO

CIUDAD VALLES Y LA HUASTECA
Julián Díaz Hernández

ENTREVISTA

La de Edgar Vázquez Mata no es una historia más de indocumentados, es una secuencia de desesperación y anhelos desembocada en tragedia, que se convirtió en noticia internacional cuando el 26 de enero de 2006 aportó en una carretera cercana a Falfurrias, Texas, su cuota sangrienta a la estadística de aquellos que van en pos del sueño americano.

Lo más difícil esa mañana de invierno fue partir de su lugar de origen: Dejar en Ciudad Valles a sus dos hijos y esposa, a sus padres y hermanos. Pero nada lo iba a detener, estaba decidido a terminar con la crisis económica que mantenía a su familia inmersa en las limitaciones.

   “Yo me sentía como encajonado, como ratón: Llega un momento en que te vas endeudando y endeudando, en el que ya no puedes con tu mismo sueldo sobresalir, pagar, y llega la desesperación. Dije no, pues con este sueldo no la hago”, recuerda.

   Y comenzó la odisea, las llamadas telefónicas recurrentes del hombre que lo internaría en la Unión Americana: Se dejó llevar por la emoción de ganar mucho dinero en poco tiempo y eso le dio el impulso para abandona su huasteca; llevándose nada, y arriesgándolo todo.

   “Nos pusimos de acuerdo y el (pollero) me contactó con los chavos que me iban a llevar, y ya todo se dio por teléfono”.

   -¿Y los amigos, qué tal? ¿Te alcanzaste a despedir de ellos?

   “No, de ninguno, te digo, todo fue de improviso, así nomás, rápido. Yo lo único que quería era salir de mis problemas, y le dije a mi esposa que me iba al otro lado, ya después le fui a avisar a mi papá”. 

 EL PRIMER INTENTO

Pese a los consejos paternales, se puso en marcha y dio los primeros pasos fuera de casa: Un autobús foráneo lo alejó de su pueblo y así fue recorriendo kilómetros hasta llegar a Matamoros, casi al terminar el día. Ahí medio durmió, estaba asustado, melancólico por la primera noche fuera de su hogar, sin saber de los suyos, ignorando también lo que ocurriría con él.

   Al día siguiente llamó al “coyote”, quien le pidió trasladarse a Reynosa, donde fue integrado junto a otros ilegales procedentes de varios puntos del país y Centroamérica. Los enganchadores los llevaron hasta un rancho cercano al río “Bravo”, el primer obstáculo a sortear. “Esa misma noche lo intentamos pero como que había mucha corriente y dijo el chavo que no se quería arriesgar”, cuenta.

   “Ahí dormimos y en la tarde otra vez, lo volvimos a intentar, éramos como unos doce chavos. La primera vez que pasamos el río fue en lancha y no batallamos nada, fue muy fácil; yo decía: N’ombre pues tanto me tardé para venir a los Estados Unidos, desde cuando me hubiera venido. Pasamos en lancha y allá del otro lado el mismo que nos pasó nos llevó caminando, y como a los cinco minutos nos levantó un carro”.

   Pero Edgar ignoraba que sus desventuras estaban por comenzar: De aquel lado del río fueron recibidos en otro rancho; ahí estuvieron tres días, aguardando a que el viaje se completara, porque necesitaban un mínimo de quince personas para emprender el recorrido final a bordo de un vehículo. Entre el reducido espacio solo podía respirarse desconcierto y angustia y cruzaban miradas de cuando en cuando, porque las palabras salían sobrando.

   No pasó demasiado tiempo para que ese incómodo capítulo terminara, aunque el siguiente tampoco fue demasiado grato: Lanzarse desde la camioneta, correr hacia los matorrales sin importar perder la comida y las pocas pertenencias, brincar cercados con alambres de púas y soportar las espinas del monte. Cuando llegó la oscuridad había que estar muy atento para no perderse, y al mismo tiempo, ingeniárselas para no congelarse en esa fría noche de enero.

   Sus músculos empezaban a adormecerse tras esa larga jornada de casi doce horas; faltaban fuerzas, agua y alimentos, solamente el miedo seguía presente. Cerca de Mission, Texas, cuando ya el corazón parecía desfallecer por el esfuerzo y la angustia, sucedió lo inesperado: La presencia de agentes migratorios que entraron a la zona escabrosa a bordo de patrullas y fuertemente armados. 

   No hubo más remedio que entregarse para ser deportados.

 REINTENTO: ENCUENTRO CON SU DESTINO

Al pisar de nuevo suelo mexicano algunos desistieron, pero no Edgar, quien se resistía a ser engullido por la derrota. “Me dije: Yo lo tengo que intentar otra vez porque dejé todo allá en Valles, y no quiero regresar con las manos vacías, yo tengo que pasar a fuerza; e hicimos contacto (con el pollero) y lo volvimos a intentar”.

   Ni siquiera aguardó a recuperar energías. El ansia por llegar a Estados Unidos pudo más que la prudencia, y luego de enlazarse con otros polleros, se aventuró de nuevo a desafiar la línea divisoria, pero esta vez el cruce fue más difícil: Debió pasar oculto en una línea de drenaje para burlar la vigilancia, que por ese entonces era más nutrida debido a la reciente incautación de un cargamento de droga.

   “Nos pasaron por el drenaje; no sé cuánto tengan las autopistas allá, pero si tenía de lado a lado como unos 40 o 50 metros por el drenaje, y ahí tenías que ir a gatas, comiendo esa agua y oliéndola esa agua, pero tenías que pasar”, evoca.

   El camino se volvió más abrupto; había cerros y desiertos, pero nada lo detuvo, y en un santiamén estaba de nuevo en el rancho donde días antes había comenzado su anterior aventura truncada. Fue ahí donde conoció a los dos vallenses que horas después se convertirían en parte de las víctimas fatales de la tragedia de Falfurrias: Ramiro López Maciel y Miguel Ángel Lestarjete Guevara. 

   “A ellos los trasladaron a ese rancho para completar el viaje, porque ya no querían llevar de poca gente. Como nos íbamos haciendo amigos, ya supe que eran de Valles, porque la noche anterior uno de ellos cayó en un hoyo y se lastimó una rodilla, iba muy mal, y como pudimos nosotros le cortamos una rama y le hicimos un bastón para que se apoyara, porque el caminador (coyote) y el ayudante no lo esperaban; si se quedaba, se quedaba”.

   Caminaron un par de noches -guiados por dos nuevos “coyotes”- hasta arribar a un punto, al amanecer de aquel fatídico 26 de enero, un día que no olvidaría jamás. “Llegamos a donde estaba otra fábrica, se alquilaron dos camionetas porque éramos como unos veinte; ya estábamos agotadísimos, yo lo que quería era subirme a la camioneta e irme a descansar”.

   Fueron subidos a dos unidades, amontonados en una camioneta blanca, Ford Expedition, con placas de Texas, y otra donde viajaría Edgar: Una tipo Pick Up, color gris, de doble cabina, y de reciente modelo. “Pues como era de noche no vimos, pero era una camioneta de lujo, como una Lobo, cabina y media; (nos pusieron) en la caja, encontrados, y otros pocos en la cabina; los demás en una Expedition”.

   “Yo iba en la cajuela, atrás; se puso en marcha la camioneta y el chavo que nos levantó nos aventó una cobija, yo lo alcancé a ver, y noté que iba como drogado, el que iba manejando”, afirma. Una vez arriba se quedaron dormidos, pero aun así podía sentir como la velocidad aumentaba de forma inmoderada. 

 EL MOMENTO DE LA TRAGEDIA 

Y de repente sucedió, fueron nada más unos segundos, instantes que recuerda entre dolor; solo sintió el impacto del tráiler contra la camioneta: Se vio a si mismo volando por los aires, y al camión destrozando al vehículo de donde los otros vallenses ya no pudieron salir con vida. “Yo iba dando vueltas y viendo cómo se me desprendían los zapatos, la ropa se me hizo garras”.

   En aquella transitada autopista resultó un verdadero milagro que Edgar no fuera arrollado por otro automóvil. “A lo mejor pudo haber pasado un carro y me lleva, gracias a Dios no sucedió así; a lo mejor si me hubiera seguido por toda la carretera no sé hasta dónde hubiera parado, pero agarré tantito la orilla de la carretera, y como que me amarré”, rememora.

   “Me quería incorporar pero no pude, porque una pierna se me hizo para un lado, tenía un brazo dislocado y el otro lastimado, y esta otra pierna no la podía ni mover. Como quedamos cerca de un lienzo lo que hice fue estirar mis brazos y arrastrarme, entonces vi que el tráiler ya estaba volteado, y oía muchos lamentos. Era de la famosos nodrizas, que transporta carros del año, se volteó, y parte de esos autos les cayeron a los compañeros”.

   Algunos de los “polleros” escaparon de inmediato, incluso se manejó la versión de que los agentes de Migración habían sido responsables de la tragedia porque habían iniciado una persecución por carretera contra las unidades donde iban los indocumentados. Pasado el tiempo, Edgar también así lo pensaría, aunque en aquel momento, lo único de lo que tenía conciencia era que algo muy grave había ocurrido.

   “No sabía cuántos habían muerto, pero como me pude incorporar tantito, me senté para ver la magnitud del accidente y vi muchos cuerpos que tenían los carros encima, unos gorgoreando sangre, otros pedían ayuda”.  Entre ese tendido de cuerpos inertes estaban los de los otros dos vallenses: Ramiro López y Miguel Lestarjete; su suerte no fue igual a la de Edgar, quien aunque muy maltrecho, vivió para contarlo. 

   “Cuando llega Migración y pregunta cómo me sentía, dije que estaba lastimado, y muy mal; llega el helicóptero, como puede revisó a los demás y a mí me levantan, me preguntan si hablo inglés, qué me duele, les respondo que todo y que no me puedo mover: Tenía un desprendimiento en la pierna, y de la rodilla hacia arriba el hueso me quedó despedazado”.

   “Se me fisuró todo (ahora tengo un tornillo), se me hizo un hoyo, tuve una dislocación de hombro, fracturas, y tardaron como dos días en operarme; creo que necesitaban un permiso o que alguien pagara, lo único que me estaban suministrando era morfina para el dolor. Al último fueron para que yo les autorizara si me podían operar, porque las lesiones que tenía eran graves, de hecho hasta la pierna la podía perder”.

 HOSPITALIZADO Y DESCONCERTADO

Pero Edgar no tenía suficiente con esta pesadilla, porque además de ser sometido a intensos interrogatorios policiacos, era presionado por la directiva del hospital para cubrir la cantidad de 6 mil dólares por concepto de internamiento, comidas, cirugías, y terapias de rehabilitación que recibió durante los treinta días que permaneció atendido en el nosocomio.

   “Le contesto a la señorita ¿de dónde quieren que les pague?, ni trabajé ni nada. Hasta les decía, jugando: Déjenme trabajar y les pago. Y dicen… No, entonces ya veremos quién nos paga; y ya, nada más, fue la única vez que me llevaron ese papel donde querían que yo les pagara, eso sí, hasta la fecha no sé quién pagaría, a ver si no me vienen a cobrar al rato”, señaló en son de broma.

 Y DESPUÉS: LA CÁRCEL

“Después de ahí estuve un mes (hospitalizado), pasó la operación y todo lo que me hicieron; me dijo la enfermera: Ya, míster Mata, está dado de alta. ¿Y me van a deportar ya?, pregunté; dice, no, van a venir los Federales por ti y te van a llevar a la cárcel. Ya el 24 de febrero que me dieron de alta, llegaron los federales por mí, yo no podía no caminar, todavía estaba en silla de ruedas”. 

   “Me llevaron a la Corte Federal, como testigo, porque al chavo que iba manejando le estaban dando pena de muerte, y a los que sobrevivimos nos querían para testificar. Estando ahí supe que de los cinco que íbamos atrás, en la cajuela, el único que quedó vivo fui yo; preguntaba a los policías que cuidaban, del porque tanta vigilancia, y me dijeron que hubo muchos muertos, el accidente estuvo grave, y el caso había llegado hasta Washington”.

   Entre sus salidas a testificar en la corte estadounidense, Edgar se enteraría que uno de los dos enganchadores había sido detenido y enfrentaría la pena capital, condena que no soportó y terminó ahorcándose en su celda: Era de lo poco que sabía del mundo exterior, porque su reclusión en esa penitenciaría del condado de Nueces, no le permitiría algún contacto inmediato con su familia.

   “Pasé como tres meses en la cárcel; casi la mayoría era puro mexicano, detenidos por contrabando de droga, otros por pelearse, uno más estaba sentenciado a cadena perpetua (porque había matado a su novia). Y había un chavo que se llamaba David, de Michoacán, él fue quien me apoyó mucho, porque pues yo no tenía a nadie allá, ni conocía”.

   “Los tres meses que permanecí allá (en la cárcel) no tuve comunicación con nadie, no hallaba como poder hablar a México para decir que estaba bien. Y lo que hizo ese amigo, David, fue prestarme hoja, papel, timbres y todo, para poder escribir, porque allá todo eso se compra; y ya fue como me comuniqué para México, aunque no sé cuánto tardaría en llegarles la carta”.

   También la esperanza de libertad absoluta para Edgar demoraba, porque de esa cárcel fue trasladado a otra más, en Houston, Texas. “A donde reclutan a todos los que agarra Migración: Había coreanos, rusos, brasileños, de todas las nacionalidades, pero puro ilegal; ahí ya van y te entrevistan para preguntarte si quieres ver al juez para firmar tu deportación voluntaria, o quieres pelear (legalmente)”. 

   “Yo les dije: No, lo que quiero es irme a México, que pelear ni qué nada. Entonces me dicen que les firme la deportación voluntaria, lo hice, y en la madrugada ya me hablan… Mata, párate porque ya te vas. Sentí un gran alivio, dije ya me voy, hasta brincaba de gusto, pensé que se acabó este martirio, se acabó todo esto, hasta nunca”.

 UN OBSTÁCULO MÁS

Sin embargo, al sobreviviente de Falfurrias aún le faltaba sortear otra limitante más para terminar su peregrinar en tierra extraña; un obstáculo en el que nuevamente fue ayudado por otro compatriota en su misma situación: 

   “Ese mismo día que me dan la noticia pensé ¿cómo me voy a ir?, si no traigo ni un cinco, entonces estaba un chavo de Querétaro ahí (también ya le habían anunciado que se iba a ir), y dice: No’mbre no te apures. Salimos, nos tomaron los nombres, nos cambiaron la ropa que nos habían dado, nos pusimos la nuestra, llegamos a la celda, y yo le volví a decir que no traía ni un cinco, que cómo le iba a hacer cuando me deportaran”. 

   “Repitió que no me apurara, entonces se para y dice… A  ver compañeros, aquí el camarada no trae ni un cinco para irse a su pueblo, hay que hacer una coperacha para que junte algo. Pasa la cachucha, junta como unos sesenta dólares y me los da: Ten, con esto creo que ya llegas”. 

   “De Houston, ese mismo día que nos deportaron me mandaron a San Antonio para poder llenar el autobús, pasamos por otra gente y de San Antonio nos venimos, me deportaron por Laredo, de ahí me voy a Matamoros, con una prima que me da alojamiento, hago contacto con mi familia. Y mi hermana me avisa… Yo voy por ti, no te vengas”.

   El reencuentro con su familia fue para Edgar como una segunda oportunidad de vida que casi pareció recompensar el daño físico que sufrió en el accidente: Esa alborada del 26 de enero de 2006 que se tiñó de tragedia y transformó rostros ansiosos de superación en gestos de muerte; una fecha en la que no solo perdió sus ilusiones, sino también su dinero, y a punto estuvo de hipotecar su propia vida.

   “Pasó la tragedia, y le doy gracias a Dios que estoy vivo. Aunque regresas y la realidad es la misma, sigues con lo mismo…Nada cambia”.   

 

(FECHA DE PUBLICACIÓN: 26 DE ENERO DE 2020).

ENTÉRESE MÁS:

http://www.elnuevoheraldo.com/el_valle/accidente-fatal

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