PERIODISMO

CIUDAD VALLES Y LA HUASTECA
Julián Díaz Hernández

CRÓNICA

Un cormorán toma sombra en los brazos colgantes de un –árbol- orejón, estampando momentáneamente su reflejo en el agua; contrario a una parvada de pijijes (silbón de pico rojo) que, en la orilla, aprovecha los rayos solares para que su luminosidad haga lucir más el marrón de su plumaje, poco antes de emprender el colorido vuelo.

   Las garzas pasean su blancura de un extremo a otro, y luego se posan en aquel sitio donde su esbelta figura se confunde con las cigüeñas y los ibis, y donde el concierto de sonidos se vuelve tan variado como los colores de tantas especies que han hecho del lugar un verdadero santuario. 

   Mientras nos adentramos, adorna al sendero un nido de calandria que pende de un palo de rosa; una mariposa reina posa su grabado naranja sobre flores púrpura y amarillo; y más allá, una ardilla gris brinca de una chaca a un chote, donde sus frutos verdosos crecen en el propio tronco, igual que la esférica tima, la cual le da el nombre al rancho. 

   Arrugando al toque las hojas de la vergonzosa, esquivando los panales de avispas negras en las palmas, y observando el revoloteo de una libélula rojinegra, llegamos a la orilla de la enorme laguna. Desde aquí pueden admirarse aquellas dos porciones de tierra, al centro, rodeadas de agua y por ende, protegiendo el hábitat de sus plumíferos residentes.

   Ahí están nidos con crías de diverso tamaño (algunas ansiosas ya por querer levantar el vuelo), cuidados por el ave madre mientras el macho revolotea en las áreas cercanas para llevar el alimento. Sin peligro, y con el humano mantenido a distancia, sobre todo por el rumor de un cocodrilo merodeando en la humedad.

   La lejanía la acorta el uso de binoculares, o con telefotos para las fotografías: Es la única manera de capturar a los habitantes de las islas, quienes con el resguardo que da la naturaleza nacen, crecen y se reproducen sin mayor problema, solo el riesgo futuro de que en unos años el área les quede pequeña.

   La contemplación puede durar por horas, con su respectiva recompensa. Por allá un cardumen de peces chapotea, alterando la quietud de una tortuga que solo asoma su cabeza en medio de las ondas formadas por su desplazamiento y después se pierde por completo.  

   La paciencia sigue dando resultados: Entre el verdor del follaje se distingue una anhinga americana, con su plumaje grisáceo sobre la cabeza, su largo pico amarillento, y la peculiaridad del azul turquesa alrededor de los ojos; no solo se valora su belleza sino también la oportunidad -por lo regular escasa- de haber podido avistarla.

   Y es que a pesar del privilegio de estar frente a un espacio muy cercano a la ciudad y muy diverso en su población de aves, no podemos soslayar los datos ofrecidos por el especialista Alejandro Aguilar Fernández durante el reciente “Festival de las aves”, donde externó los riesgos a las que están expuestas las poblaciones de pájaros.

   Los pesticidas, por ejemplo (tan usados en la agricultura y la ganadería de la zona) matan aves porque contaminan a las algas y a los peces que les sirven de alimento; aunado a que el tráfico de ellas es la tercera actividad ilícita más redituable del mundo, y nuestra región no queda al margen de dicha ilegalidad.

   Es por tal razón que en la República Mexicana 152 especies se hallan sujetas a protección especial, al encontrarse 95 en peligro de extinción y 19 probablemente ya están extintas. Pese a todo, México ocupa el onceavo lugar en el mundo en especies de aves, con 1096, de las cuales 125 son endémicas, y el 77 por ciento se reproducen en nuestro país.

   De esos nativos de la Huasteca Potosina, no pueden faltar los ejemplares que pasan frente a nosotros a cada momento: Los pequeños “Luises”, patos de colores diversos, y el pájaro carpintero (que inspiró al xilitlense Pedro Rosa para crear su famoso –huapango- “El querreque”).    

   Los sonidos onomatopéyicos que bautizan a nuestras aves originarias se escuchan, algunos cerca y otros más distantes: El “pijuy” y su expresión aguda, y el escandaloso “papán” a lo lejos (como siempre delatando la presencia del presunto intruso). También es casi obligado el negro tordo, que con el sol permite refulgir su plumaje.

   Estar ahí nos hace sentir privilegiados; ya casi nos olvidamos del golpe al olfato a la mitad de ese recorrido de cinco kilómetros, y que otra vez –de retorno, por el rumbo del basurero- habremos de enfrentar, con todo y sus carroñeros zopilotes, por cierto, otra ave infaltable en nuestra lista.

   Lo mejor de todo es la utopía de la sobrevivencia, y cómo apenas a un kilómetro frente al crecimiento y al estruendo que propicia la modernidad con su autopista a Tamuín, nuestros emplumados protagonistas se desenvuelven sin mayor inquietud, solo cumpliendo la misión de embelesar a unos cuantos mortales que se maravillan con la vida.

 

(FECHA DE PUBLICACIÓN: 29 de mayo de 2018).

       

 

 

 

 

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