PERIODISMO

CIUDAD VALLES Y LA HUASTECA
Julián Díaz Hernández

CRÓNICA 

TEXTO Y FOTOS: JULIÁN DÍAZ HERNÁNDEZ.

No se escuchó el llamado del árbitro, pero los jugadores ya habían ingresado al terreno de juego; las gradas estaban llenas y en ellas, la tambora sonando como en todos los partidos del Oxitipa. Banderas aquí y allá, letreros de apoyo igual que en cada juego de Tercera División.

   Sebastián Olvera Jaime entró al campo igual como lo había hecho en los últimos encuentros, junto con sus compañeros y enfundado en el uniforme celeste. Dio la vuelta al verde rectángulo de la Unidad Deportiva Municipal y luego tomó su sitio bajo la portería sur.

    Afuera los gritos de “portero, portero” y los aplausos; todo parecía igual a primera vista, similar a una jornada futbolera más. Pero la quietud de Sebastián devolvía la realidad, junto con esa indiferencia de alguien que no escucha más, y esas lágrimas de la gente, que no eran de alegría:

   Oxitipa había perdido su juego contra el destino aquel amanecer del 18 de febrero de 2011, no en una cancha de futbol, sino en una carretera. La última salida de Sebas no fue en la amplitud del área penal, sino en la estrechez de un vetusto autobús, y la vida quiso que fallara.

   Por eso los únicos hombres de negro y blanco esa tarde del sábado 19 no venían de la Federación Mexicana de Futbol en calidad de árbitros, sino como empleados de una funeraria local. Por eso Sebastián no se movía, por eso la comunidad deportiva de Valles lloraba, y lo hacía de tristeza.

   Encima de aquel féretro cubierto de flores, don Sebastián y doña Sandra estaban inconsolables aferrándose a la quietud de su hijo menor; junto a ellos Víctor, Ingrid y Naray, los hermanos mayores. Todos con el corazón destrozado y los recuerdos agolpándose en el cerebro:

   Parecían regresar entonces a la mente las infantiles travesuras del regordete y simpático pequeñín en aquella esquina de las calles Río Pánuco y Reforma, que alguna vez soñó en cambiar la dura cancha del Fraccionamiento Altavista, por el mullido césped de un estadio.

   A base de esfuerzo, la ilusión sería cumplida varios años después, cuando el entrenador Sergio Barrios Pizaño decidió debutar al joven en Monterrey y luego alinearlo contra Altamira. Y esa noche del jueves 17 abordó el transporte del Oxitipa rumbo a la capital neolonesa.

   Era la gran urbe dónde Sebastián había iniciado su corta carrera profesional dentro del balompié, y eso parecía ser un buen presagio; todo iría bien hasta que horas más tarde un descontrolado camionero estrelló su tráiler contra la parte trasera del ómnibus, y volvió trágico el panorama.

   Por eso la ciudad que desde principios de la década había vitoreado a un pujante equipo, guardó silencio, consternada; Valles enmudeció por el dolor y acompañó en el luto a la familia Barrios Pizaño, dueña de la franquicia que se sobrepuso siempre antes a las adversidades, pero éste, era un golpe demasiado fuerte:

   El clan que tantas veces salió avante frente a las apuraciones económicas de sobrellevar a un grupo en la desgastante rama de ascenso, ahora había caído, doblegado por la invencible muerte; y en ese duro golpe perdió lo irrecuperable: A su portero, para siempre.

   Por eso en aquella tarde en el campo era difícil levantar el rostro apesadumbrado de cada uno de los aficionados, por eso las manos pesaban en cada aplauso de despedida, por eso el grito de “lima, limón, limonero, arriba nuestro portero”, se atragantaba en las gargantas.

   Las “dianas” aún se escuchaban cuando Sebastián fue subido a la lujosa pero fúnebre camioneta, que le condujo inerte. La madre tierra ya tenía reservado el lugar para su cuerpo y le esperaba sin prisa; una lluvia de flores cubrió el montículo mientras los dolientes empezaban el retiro. 

   Dos semanas después, en esa misma portería, Miguel Morales –el guardameta que suplió a Sebastián en el equipo Oxitipa de Tercera División- se lanzó sobre el balón y detuvo el penalti con el que Adolescentes ganó el punto extra en el empate frente a Nuevo Laredo:

    Luego levantó la vista y miró hacia arriba; “Sebas me ayudó desde el cielo”, declararía a la prensa deportiva. Algunos imaginaron al recordado jugador lanzando un guiño desde alguna parte en el infinito, mirando sereno como su equipo se fundía en abrazos con su padre y hermano.

    Entre tanto, allá, en esa vieja esquina de la infancia, en una casa del Fraccionamiento Altavista, una cochera se había transformado en un altar para el futbolista, y una familia enlutada convirtió el último partido de Sebas en un juego para recordarle por toda la eternidad.

 

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